San Francisco de Borja

Nacido en el seno de una de las más nobles familias de España, distinguido con la estima y la confianza del emperador Carlos V y del Papa Paulo III, San Francisco de Borja fue uno de aquellos hombres que, teniendo delante una brillante carrera en el mundo, ha renunciado a todo para seguir a Cristo pobre en el estado religioso.

Sus nombres de Borja y Aragón evocan el recuerdo de dos Papas de su familia, Calixto III y Alejandro VI, y el del rey Fernando el Católico, del que descendía por línea materna. Se ha apuntado la idea de que la conversión del santo a una vida de austeridad y penitencia tuvo el carácter de una expiación por los desórdenes de sus antepasados. No sabemos si tuvo este propósito; lo cierto es que uno de los rasgos característicos de su espiritualidad es el profundo sentido del pecado. Durante un breve período firmó sus cartas llamándose " Francisco pecador" . Era una manifestación espontánea y sincera de humildad, fruto de su propio conocimiento. En la Compañía será llamado simplemente "el Padre Francisco"

Este nombre le fue impuesto en el bautismo por la veneración de sus familiares al santo pobre de Asís. La adhesión de la familia Borja a la orden franciscana tuvo su manifestación más palpable en sus relaciones con el convento de clarisas reformadas existente en Gandía. En él había entrado la abuela del santo, María Enríquez, tras el trágico asesinato de su marido Juan de Borja, segundo duque de Gandía. Allí profesó también una tía del santo, Isabel, que en religión tomó el nombre de María Francisca, muy afín espiritualmente a su santo sobrino. El trato con las clarisas de Gandía y con los franciscanos de Barcelona dejó en el santo una huella que descubrimos en sus tratados espirituales del primer período.

Superior a este influjo fue el ejercitado en el ánimo de Borja por los primeros jesuitas llegados a España,, principalmente por los Padres Antonio de Araoz y beato Pedro Fabro. Primer fruto de esta espiritual amistad fue la fundación del colegio de Gandía, el primero de los abiertos a estudiantes seglares. Y cuando, tras la muerte de su esposa (1546) hizo los Ejercicios bajo la dirección del P. Andrés de Oviedo, su decisión fue la de renunciar a todo y entrar en la Compañia.

San Ignacio se dio cuenta de la importancia de aquella vocación, no sólo por la autoridad del candidato, sino por la profunda espiritualidad que descubrió en el duque de Gandía. De temperamento diferente, Ignacio y Borja armonizaron perfectamente en una relación de maestro a discípulo. Impresiona el tacto y la delicadeza con que Ignacio trató a Borja. Este a su vez fue dócil a las insinuaciones de su maestro y padre. Cuando más adelante fue llamado a sucederle, su petición constante al Señor fue conseguir el espíritu del fundador.

Dentro de la fidelidad al espíritu ignaciano, plasmado en los Ejercicios y en las Constituciones, la espiritualidad de Borja revistió características propias.

El punto central hay que buscarlo en su viva fe en la grandeza suprema de Dios, en contraste con el íntimo conocimiento de su propia miseria. "Quis es Tu et quis sum ergo?" Esta era la pregunta que se dirigía sí mismo. La contraposición de la majestad e Dios con su pequeñez, de los beneficios divinos con su mala correspondencia desembocaba en el sentimiento que él llamaba "confusión". A la vista de Dios se sentía pecador y digno de los mayores castigos. Pero este sentimiento, mezcla de vergüenza y temor, no se reducía a un estéril abatimiento, menos aún a una morbosa concentración en sí mismo, sino que le abría el paso a un ardiente amor a Dios. Cuando todas sus miserias quedaron consumidas en el fuego del arrepentimiento, su alma se abrió a la contemplación de los beneficios divinos y sus ojos se concentraron en Jesucristo, su pasión, sus llagas, su sangre, su alma. Si antes le aterraba la confrontación con la majestad divina, ahora le confunde el enfrentamiento con Cristo paciente. Viendo a Jesús llagado y puesto en cruz, prorrumpe en esa exclamación que vemos repetida varias veces en su Diario Espiritual: "Christus por me vulneribus confectus, et ego sine vulnere!". De aquí que sufriese con paciencia las enfermedades del cuerpo y las tribulaciones del espíritu, que amase ardientemente la cruz y que anhelase dar su vida por Jesucristo.

Dotado de un temperamento sensible, dirigió su mente hacia Dios, en un afán unitivo. No le bastaba conocerlo intelectualmente, porque "entender sin amar poco vale". Deseaba llegar a un amor de Dios sin medida. El camino era la oración. La idea de fijar en Dios su morada le hacía detenerse en la llaga del costado de Cristo. Todo en él debía transformarse: sus sentidos y potencias, su cuerpo y su alma. Procuraba santificar todas las acciones de su jornada, siguiendo varias prácticas que él hacía y recomendaba a otros. Rogaba por las intenciones de la Compañía y de la Iglesia, repartiéndolas por los días y las horas. Su amor a Dios tuvo su manifestación más sensible allí donde Cristo nos aparece más cercano a nosotros: en la Eucaristía. No sin razón los artistas suelen representarle revestido de los ornamentos sacerdotales y en oración ante Jesús sacramentado.

Su carácter afectuoso, aunque aparentemente austero, transformado por la acción de la gracia, hizo que sus relaciones con los demás especialmente con sus súbditos, se revistiesen de sencillez, delicadeza y fina caridad. Conservó simpre la dignidad aprendida en la corte. Nunca se le vio enojado ni áspero, ni siquiera con aquellos que le hicieron sufrir o mostraron opiniones distintas de las suyas.

El que había renunciado a las dignidades del mundo se vio destinado durante casi toda su vida religiosa a los cargos de gobierno. No le faltaban cualidades para ello, como lo demostró, aun siendo seglar, desempeñando con prudencia y acierto el cargo de lugarteniente general de Cataluña (1539-1542). Solía llamar al día de su elección al generalato: "dies meae crucis". Y su petición al Señor era: "o me lleve, o me quiete el oficio, o me reja y gobierne a su beneplácito", Se propuso como modelos a sus dos predecesores, San Ignacio y el P. Laínez. Pedía al Señor " la suavidad del P. Laínez y la prudencia y lumbre de N.P. Ignacio" . Como norma de gobierno se inspiró en los decretos de la segunda Congregación general, que le había elegido por 31 votos sobre 39. Se preocupó ante todo por la buena formación de los novicios y escolares. Sus preferencias se dirigían al noviciado de San Andrés del Quirinal, en Roma, donde había tenido el consuelo de ver a novicios como San Estanislao de Kostka. Vigiló celosamente por la conservación del espíritu de la Compañía, señalando los medios para ello en una carta memorable (1569). Autorizado por la Congregación general, reglamentó el tiempo destinado a la oración, pero de una manera flexible y acomodada a cada Provincia. Buscó en el Evangelio las raíces del espíritu de la Compañía. Estudió y comentó las Constituciones, de las que hizo una edición en 1570. Revisó las reglas generales y completó las de los oficios, haciendo de ellas una edición en 1567.

En su acción de gobierno fundó muchos colegios pero rechazó más que los que fundó. Para el régimen de los estudios preparó una priemra Ratio studiorum. Fuera de Europa, fue el fundador de las misiones en los países de América sometidos a la corona española. Los primeros jesuitas fueron enviados a la Florida. Cuando aquella misión, tras dolorosas experiencias, no pudo continuarse, los esfuerzos se dirigieron hacia México, para donde salió en 1571 una primera expedición de jesuitas. Tres fueron las destinadas al Perú durante su generalato.

En su vida tuvo Borja que hacer dos actos de obediencia al Papa, que bien pueden calificarse de heroicos. El primero cuando en 1561, para cumplir una orden de Pío IV, a la que él se consideró obligado en virtud del cuarto voto, se trasladó de Portugal a Roma, para evitar los conflictos con la Inquisición española, consecuencia de la inclusión de sus obras en el Catálogo de libros prohibidos publicado en 1559. El segundo cuando el Papa San Pío V le encargó que acompañase al cardenal Michel Bonelli en su visita a varias cortes europeas para aunar los esfuerzos de la lucha contra el turco. Este viaje fue fatal para su salud quebrantada. A los dos días de su regreso a Roma moría en los mismos aposentos de la casa de Gesú en los que 16 años antes San Ignacio había exhalado el último suspiro.

 


Principal